Ruta de los Roncaleses- Parte I

Publicado: octubre 10, 2011 en Crónicas
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Nota: Estimado internauta, si no pudiste terminar los pilares de la tierra, la edición ilustrada del Señor de los Anillos o el Quijote, ni siquiera te plantees leer este ladrillo. En caso de que desoigas este consejo, declino toda responsabilidad sobre el efecto dañino que este texto pueda producir en tu cerebro. Es más, yo aseguro que no estás bien del casco si aun estás ahí….

———————

Ya habíamos montado las bicicletas en el carro el día anterior y el viernes a las 19:00 estábamos en casa de Samuel esperando al taxi que nos llevaría a Isaba.

Conforman la “expedición”: Guillermo, Samuel, Enrique, Marta, Aitor, Juanjo, Oscar, Roberto, Daniel y yo (Iñaki).

Oscar, Roberto y Enrique saldrán mas tarde en el coche de apoyo junto a las “Isabeles” , que tan importante papel desarrollarán a lo largo del fin de semana.

Las previsiones de tiempo no son muy halagüeñas y entre la amenaza de lluvia y viento, todos vamos con ciertas dudas hacia el pirineo.

El lugar en el que dormiremos la noche del viernes al sábado es el camping Asolaze (en la parte de albergue) donde tras cenar, reparar la rueda de Marta y otras peripecias, nos acostamos.

A las 7:20 de la mañana, nos preparamos para salir, mientras fuera hace frío, viento y cae una fina lluvia (vamos, el plan ideal para rodar por el pirineo).

En el desayuno Guillermo se toma un frenadol, porque está acatarrado. A ver si eso le levanta un poco…

Los hay valientes como Daniel y Aitor que van de culotte corto y quien por contra va más tapad@ que un esquimal.

A punto de salir, Marta nos muestra su faceta “Doña Rogelia”, y que por desgracia nunca llegó a ser fotografiada (aunque guardamos la esperanza de captar momentos así en el futuro).

El plan está perfectamente trazado y nuestras pacientes directoras de logística nos esperarán en Vidangoz para almorzar, aunque antes de eso, tienen tareas por delante como comprar el pan y conseguir una mascota digna de la prueba que encaramos (las olimpiadas tiene su mascota, los mundiales también…y nosotros no somos menos)…

En mi caso no he traído cortavientos y aunque voy con el maillot largo, opto como la mayoría, por no ponerme el chubasquero para evitar mojarme antes por dentro que por fuera.

Cuando hemos rodado, cerca de un kilómetro, hacemos la primera parada obligatoria. Oscar lleva la rueda trasera baja y hay que revisarla. Menos mal que solamente fue un momento.

Bajamos hasta Isaba, donde empieza la ruta y de allí vamos hacia el cercano pueblo de Uztarroz por carretera, según reza el GPS de Aitor y Juanjo.

Poco después del pueblo, empieza la fiesta y nos desviamos por una pista a la derecha que empieza a subir de forma suave pero continua. La lluvia no cesa y nosotros hacemos lo posible por mantener las gafas desempañadas y con algo de visibilidad.

Cuando llevamos poco mas de dos kilómetros por la pista, veo un ciervo que pese a mis indicaciones no ven mis compañeros.

Continuamos varios kilómetros hasta que en un momento dado se ve claramente que el valle termina en un muro (madre madre…).

Cuando parece que el camino se termina, giramos 170 grados a la izquierda y aparece un cuestón de los que hacen historia, con lo que no perdemos un segundo para cambiar platos y piñones.

Nos quedan muchos, muchísimos kilómetros y hay que reservar por lo que ascendemos muy suavemente esperando guardar todas las fuerzas posibles.

La endemoniada subida nos deja en una pista totalmente embarrada, junto a una granja, en lo alto de un monte y con una valla que tenemos que abrir para pasar, para posteriormente dejar como estaba.

A partir de este punto, tanto el paisaje, que permitía ver las montañas desde arriba, como la ruta ganan en belleza, y no porque la parte anterior desmereciese, sino porque simplemente se torna espectacular.

Durante varios kilómetros la ruta transcurre por la zona más alta de las montañas a través de prados. Es una de las zonas más bonitas por las que se puede andar en bici.

Allí arriba encontramos las primeras compañeras de ruta en forma de rebaño de ovejas.

Antes de empezar a bajar, hacemos unas fotos y continuamos cruzando la carretera para seguir por otra pista que asciende de nuevo.

Ya nos había avisado el GPSero (Aitor), que hoy era todo pa´rriba…

Al menos las pendientes, se van sucediendo sin mayores complicaciones. Vamos todos en grupo y la gente se ve fuerte.

Calculo que a unos 9 kilómetros de Vidangoz, emprendemos una bajada larga y rápida.

El sudor, el agua que hasta hace pocos momentos caía y el frío viento me hacen temblar y siento rugir mis tripas que se enfrían por momentos (a ver si llegan pronto las equipaciones de invierno que tenemos encargadas…).

Sigo bajando y adelanto a casi todos para ponerme tras Juanjo, que además de pesar mas o menos como yo, le gusta bajar fuerte, por lo que bajamos casi en tamdem.

Las tripas rugen y parece que en vez de intestino, tengo una anaconda que se retuerce dentro de mi

Más abajo diviso un claro en el camino, donde el bosque se hace menos denso y pega el sol e insto a Juanjo a que paremos a esperar a los demás y poder retorcerme sin tener que estar atento al camino.

Los demás nos alcanzan y pregunto, cuanto queda para Vidangoz.

Unos 4 kilómetros me dicen…

Con sudores fríos y aguantando el temple como puedo, voy bajando hasta que Aitor me llama:

-”Primo, déjame probar tu bici”

Cambiamos las monturas y me dispongo sobre la Trek (bici cómoda por cierto), para darme cuenta de que su dueño tiene unas patas más largas que un día sin pan. Bajo el sillón sin apearme y entre apretones y sudores llegamos a Vidangoz, donde la pareja de Isabeles, ha preparado una mesa para almorzar en la zona más soleada del frontón (que bien, con el frío que hace).

Mientras los demás se lanzan a por el almuerzo, yo oteo la plaza en busca de paisanos, en una puerta o ventana… pero…sin éxito… (es un pueblo desierto?).

En un momento dado, y con la caldera a máxima presión, me levanto del banco de piedra en que estoy sentado y emprendo, con paso firme, mi personal búsqueda de paisanos, por las calles del pueblo.

En esto oigo dentro de una casa ruido de leña y asomo la cabeza por la verja, de una ventana donde un hombrecico ordena la leña.

Para no ser escatológico, diré que el buen hombre tubo a bien (o no le quedaron otras narices) que compadecerse de mi y permitirme hacer uso de su baño bajo la amenaza de tener que limpiar la calle, en caso de negativa (al no ser esta crónica califiacada como XXX, no puedo dar más detalles…jajaja).

Una vez resuelto el tema más acuciante y con el color en las mejillas restaurado, vuelvo a la plaza sin hambre pero…con mucha tranquilidad, en mi interior.

Como diría Aitor más tarde, había conseguido acallar al dragón!!!

Salgo de Vidangoz preocupado.

La ruta es exigente y yo no me atrevo a comer hasta saber como van a responder mis tripas, y “sin gasolina, mal anda el coche…”

Bajamos por carretera unos metros hasta que el GPS marca un desvío entre dos rocas a la derecha.

¿Se supone que tenemos que meternos por ahí?¿Eso es un camino?¿Seguro?

Dicho sea que me encantan las trialeras, el terreno técnico y los desafíos, pero…todo tiene un límite.

(Ya nos habían advertido que estuviésemos preparados para ir HORAS con la bici al hombro, pero nosotros pensábamos que los que advertían eran un poco…flojos. Pues bien querido lector…si piensas eso…hazlo y después por favor, haz un comentario aquí para que todos nos riamos juntos…)

Los chicos del GPS dicen que eso era una antigua calzada romana y sin dudar de ello, no alcanzo a pensar como hacían una carretera de un metro, con desnivel cercano al 20%, entre terraplenes y paredes…

Aun avanzamos varios cientos de metros montados en las bicis, mientras unos excursionistas, metidos en un arbusto para dejarnos pasar, nos animan (ahora pienso que esos sabían hacia donde íbamos y mientras nos jaleaban, se mondaban pensando en la cara que se nos iba a quedar poco más adelante).

Llega un momento en el que, con plato pequeño y piñón grande, rueda trasera derrapando, la delantera entre pedruscos como balones de reglamento…tenemos que echar pié a tierra, para ascender…y así….una media  hora arrastrando la bici.

Juanjo y Aitor van en cabeza seguidos por mi. Más abajo, oigo de vez en cuando los juramentos de Samuel y el resto que ascienden en procesión penitente.

Oscar y Enrique parecen haber salido de una cofradía Sevillana en semana santa y suben en forma de cristo, autocrucificados con la bicis.

Ya arriba el paisaje es precioso e intentamos levantar el humor que la escalada nos ha dejado. Al menos hace rato que no llueve y la temperatura empieza a ser más agradable.

Pregunto a Guillermo, que tal va su resfriado, a lo que responde que anda mal de garganta y nariz. Estamos apañados…

La ruta continua por un estrecho sendero, sin apenas ganar altura y rodamos despacio, por la dificultad que ofrece (troncos, ramas, piedras, precipicio a la izquierda…) pero sin gran esfuerzo.

A medio sendero, noto un mordisco.

El dragón no quiere darse por vencido.

Me decae el ánimo y me veo de vuelta en casa. Esto duele y no es nada recomendable ir en este estado por el monte.

Es tanto el dolor que tengo que bajarme de la bici cuando quedan apenas 100 metros para descansar.

Saco un plátano y me lo como. Esperando que el bicho se sacie y me deje en paz.

Montamos y reemprendemos la marcha hasta una alambrada que sorteamos para llegar a una pista.

La bajada por la pista me permite relajarme un poco y paulatinamente voy apreciando como la bestia se duerme.

(Algún guarro, ha dejado allí arriba un horno de cocina…manda narices que la gente suba hasta allí para dejar basura…).

La ruta transcurre por los montes, donde encontramos caballos percherones, vacas y más ovejas y poco a poco voy recuperando fuerzas.

Al llegar a la carretera que da hacia el alto de las coronas, el bicho hace su último intento de amargarme el día y quedo en el grupo, viendo como mis compañeros dan relevos, mientras yo me conformo con aguantar el tipo.

Arriba, las chicas de logística nos esperan (siempre donde más falta hacen), y me meto otro plátano en el cuerpo.

Desde el coche, hay una cuesta que si bien no es muy fuerte, prefiero subir andando para ver si se me asienta de una vez la tripa.

Samuel que va un poco justo me acompaña, mientras el resto suben montados.

Arriba subimos a las bicis y seguimos rodando.

Aquí empieza la parte más penosa del trayecto, siendo que alguno quería denunciar al Gobierno de Navarra por fomentar la ruta, como apta para el BTT.

La cantidad de piedras del tamaño de un jarrón,, el terreno suelto y el desnivel nos hacen, subir con la bici al hombro varios kilómetros.

A decir verdad, cada vez que había un par de metros mínimamente ciclables, intentábamos montar, para volver a poner pié en el suelo, por una piedra, un caballito indeseado o un derrape, con la consiguiente caída.

Con el bicho dormido, y pese a la ruta, yo me veo cada vez mejor y mi humor cambia.

Cuando Aitor me ve mejor me confiesa:

-”Te veía triste…se te veía mal…ya te ha cambiado la cara…”

-“Menos mal…”

Por fin llegamos arriba, y parece que podemos montar en la bici de nuevo.

Pasamos por zonas de hierba y piedras, pero lentamente vamos pasando, aunque de vez en cuando tengamos que echar pié al suelo.

Comenzamos la bajada, esperando disfrutar de la misma y de un poco de descanso, y cuando llevamos un par de minutos de bajada por un prado, los GPSeros, nos vocean

-”Ehhhhhhh, que no es por ahíiiiiiii”

Vaya, para un rato de tranquilidad.

Vuelta para arriba.

En ese momento, encontramos unos especímenes de “montañeris pedregerus”, bajo un arbusto, que a nuestros saludos responden con un movimiento pendular de cabeza, mientras Daniel les espeta:

-”Cualquiera os encuentra ahí, ehhhhh”

Unos cien metros después nos detenemos ante el principio de la bajada.

Eso es alpinismo 100% y si la subida había sido entretenida, la bajada lo iba a ser más aún.

Arrastrando las bicis e intentando no dejarnos el tobillo en cada roca, descendemos, cada uno a nuestro paso, hasta que a media bajada nos enfrentamos a un dilema:

El sendero más evidente, baja recto pero una valiza indica un sendero hacia arriba (o inicialmente es lo que parece).

Juanjo y Aitor, que iban los primeros no atienden a nuestros gritos de llamada y el resto casi echamos a suertes por donde continuar.

Finalmente decidimos hacer caso de la señal , pensando que si fuese por el otro sendero nos habrían esperado para evitar confusiones.

La realidad es que nos cientos de metros más adelante nos esperan sentados y ni nos habían oído, ni habían visto la señal, por lo que ellos continuaron bajando por el sendero evidente.

Menos mal que ambos iban a parar al mismo sitio.

Montados ya en las bicicletas, nos dirijimos a la sierra de Leire (por cierto…en este momento me reservo la opinión que me merece esa parte como ruta de BTT, por respeto pero conste que me arde la boca por callarme…).

Desde el valle en el que nos dejó la anterior bajada, vemos la sierra como un muro y medio en broma, medio en serio, veo una especie de “cosa” que no acertamos a decir si es cortafuegos, sendero o camino estrecho…

-”Va a ser por allí…”

-”Ala…., no fastidies…, bueno….espero que no…solo faltaba con el día que llevamos…”

Lo dicho: Fué por allí.

Del kilómetro 70 al 77 creo recordar que fueron unas 3 horas y cuarto, de “excursión” por los pedregales de la sierra de Leire.

Creo que en esa zona, sumando los trozos en los que montábamos en bici (y lo hacíamos siempre que hubiese metro y medio para empezar a pedalear…), no estaríamos sobre el sillín más de media hora.

A media subida, encontramos una pequeña zona de hierba, donde nos despatarramos y aprovechamos para comer higos secos, barritas y esas cosas…

Estamos hasta las narices de arrastrar la bici monte arriba y monte abajo.

Ya dicen que si no quieres taza, tomarás taza y media, aunque en nuestro caso fué tazón.

Poco más arriba al río de piedras por el que subíamos se le suma que éstas se asientan sobre fina arena que nos hace aun más difícil el progreso. Que amargura!!!!

Pregunto a Samuel, que tal va y me dice que muy justo…

Guillermo, callado, resopla tras de mi, que entre risas disimuladas prefería pensar en los resoplidos del resto y dejar de pensar en los propios…

Enrique parece que lleva toda la vida trotando por los pedregales y sube delante mía con buen ánimo y Oscar mirando hacia todos los lados, pupongo en busca de bichos como buen cazador que es.

Daniel al fondo, cantando la de “Champiñones, champiñones”…

Arriba pido agua pues se me ha terminado y es cuando descubro que el resto de mis compañeros van igual o están en las últimas. Malo, malo…

Según el GPS, nos quedan por ascender 40 míseros metros (tras una vaguada) para poder disfrutar de una bajada que debe ser impresionante.

E impresionante era… de verdad…

Montamos en las bicis y llegamos arriba Marta y yo.

Mientras esperamos a los demás, hacemos como en el cuento de la lechera y nos imaginamos una bajada de 6 carriles, con magnífico firme, con curvas peraltadas….

HASTA QUE LLEGÓ Aitor y dijo:

-”A la izquierda!!!”

Marta y yo nos miramos con cara de panolis, cuando vemos una especie de cueva de un metro y medio de ancho, semiabierta por la parte superior.

La entrada consiste en dos pedruscos del tamaño de un bidón, tras los que hay un escalón descendente.

Al bajar una mezcla de risa y llanto se apoderan de mi y me entran ganas de darme cabezazos contra la roca más cercana.

Estamos en un sendero O CORNISA AEREA, en medio de una pared de varios cientos de metros de altura y las vistas son espectaculares…

El pantano de Yesa casi vacío abajo, y el monasterio de Leire, donde las pacientes Isabeles, nos aguardan desde hace horas están ahí abajo pero me temo que la bajada será cuando menos épica.

El descenso, tenía en algún momento escalones de mas de metro y medio por lo que bajar la bici era todo un número circense.

Piedra suelta, tierra, matojos y pinchos…vamos…el sitio perfecto para llevar una BTT.

No se el tiempo que nos costó bajar, pero fue mucho.

La suerte sin embargo nos acompañó, porque pese a que todas las quinielas indicaban lo contrario, ninguno de nosotros se partío tobillos o dentaduras completas (aunque creo que Enrique va a tener marcados los radios de la rueda de su bici en el trasero por varias semanas…).

Cuando habíamos hecho algo más de la mitad de la bajada, Enrique y Juanjo nos esperan sentados para ver la cara de los demás y echarse unas risas a nuestra costa.

Aitor iba rezando:

-”A mi esto no me conpensa. Esto no es BTT…y si alguien me pregunta…bla bla bla…”

Jejeje

Poco despues bajábamos Aitor, Yo, Oscar …así hasta llegar Dani, mascullando improperios contra el gobierno de Navarra, la ruta y la ciclabilidad…

Al llegar éste, tan deteriorado tení el ánimo que solo acerto a decir:

-“A ver quien tiene cojones a cantar Champiñones ahora…”

Menos mal que parece que nos habían tocado con la varita del eterno buen humor y optimismo…

El punto donde nos reunimos confluía con un camino que pese a estar en mal estado, nos parecía la autopista.

En menos de 5 minutos Juanjo y yo estábamos en el coche, situado en el aparcamiento del monasterio.

En el coche (kilómetro 78 del día), comemos sin perder un minuto una fruta y rellenamos agua.

El grupo no ha comido nada “de verdad”, desde las 11 en Vidangoz, pero son las 7 de la tarde y la luz nos puede venir justa para llegar a Sangüesa.

Salimos del aparcamiento, por la carretera lanzados cuesta abajo, como si llevásemos un turbo reactor en el trasero.

En un momento dado alcanzo a Enrique y freno (iba a 77 km/hora), momento en el que Samuel nos adelanta a 81 km/h, y teniendo que frenar para no atropellar al todo terreno que nos precedía.

Abajo en la rotonda, esperamos al resto, pero cuando pasan las chicas con el coche, nos dicen que algunos han ido por un desvío…

Nosotros queremos lelgar con luz, como sea y con el viento dándonos de frente y de lado, nos ponemos a dar relevos hacia Liédena.

Llegamos a Sangüesa, donde cenaríamos (mucho y bien).

Continúa AQUI

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